Concentración el sábado 10 de enero en la Fuente de las Batallas, a las 12h
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AVISO: El próximo lunes 12 de enero a las 13:00 en el aula T3 de la Facultad de Bellas Artes de Granada está convocada una reunión para crear un programa de protesta frente a la masacre que está llevando a cabo el ejército israelí en Gaza.
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“Entonces Yahvé hizo llover sobre Sodoma y Gomorra
azufre y fuego de parte de Yahvé. Y arrasó aquellas ciudades y toda la
redonda con todos los habitantes de las ciudades y la vegetación del
suelo. La mujer de Lot miró hacia atrás y se volvió poste de sal”.
Génesis 19, 23-26.
La ira de Dios no es sólo justa sino bella, y su
belleza misma revela y proclama su justicia superior. ¿Cómo no sucumbir
ante este extraordinario cuadro de El Bosco pintado por la aviación
israelí? Los cuerpos y las casas que hay debajo, ¿no son derribados
precisamente por la hermosura de este fogonazo divino, de este
deslumbrante surtidor de luz? Los que no mueren, los que resisten, los
que maldicen entre las ruinas, ¿no son por eso mismo culpables y
reclaman con su supervivencia misma una nueva eyaculación de azufre y
fuego?
Los más viejos atavismos religiosos se apoyan en los
más modernos medios de destrucción. Más allá o más acá de las
manipulaciones y las mentiras, nos inclinamos fascinados ante la
brutalidad israelí porque es brutal y procede del cielo; admiramos su
fuerza y no su causa, y es precisamente la verticalidad incontestable
de esta fuerza la que la inviste de una legitimidad inalcanzable para
la razón: pues es al mismo tiempo, y en el mismo molde, estética y
teológica. Antes sólo se podía destruir una ciudad si se era Dios;
ahora lo pueden hacer también los israelíes. Del cielo caen únicamente
bendiciones milagrosas y castigos merecidos. La superioridad
tecnológica de los sionistas -su superior desprecio por la vida humana-
activa esta legitimación teológica que sus gobernantes explotan
conscientemente, hasta el punto de que es la propia tecnoteología
bíblica de los ataques aéreos, como única fuente ya de legitimidad, la
que les obliga a repetirlos a una escala siempre mayor. Es tan bonito,
tan placentero, tan fácil, tan justiciero, reducir a escombros una
ciudad y sería tan difícil, tan feo, tan moralmente degradante tratar
de defender racionalmente el sionismo... El Dios de la Biblia que
destruye desde el aire es tanto más justo y tanto más bello cuanto
mayor es su poder de aniquilación. Sus víctimas embellecen Su potencia,
justifican Su existencia, homenajean Su misericordia; cuanto más
aumenta el número de muertos, más culpables son los cadáveres y más
sublime el agresor; cuantos más niños y mujeres y ancianos sucumben a
esta luz maravillosa más maravillosa es la luz y más merecido el
castigo. “Desproporcionado” -fuera de toda proporción- sólo lo es Yahvé
y esto es lo que quieren decir los medios de comunicación y los
gobiernos cuando califican así -respetuosa y admirativamente- el uso de
la fuerza por parte de Israel: quieren decir que es “divino”,
sobrenatural, sobrehumano, quieren decir que está justificado, que no
podemos juzgarlo y mucho menos condenarlo sin cometer un sacrilegio.
Los medios (de destrucción) justifican todos los fines. La
“desproporción” tecnológica declara su derecho al margen de las leyes
humanas y necesita muy poca propaganda para imponerse: basta con que
sea capaz de imitar a Dios y “arrasar las ciudades con todos sus
habitantes” en medio de un torrente de luz. Hasta los ateos más
encallecidos pasaremos por alto los muertos a condición de que sean
muchos y de que se usen para matarlos bombas de racimo y fósforo
blanco; es decir, a condición de que el asesino sea omnipotente y su
potencia de orden religioso y sobrenatural. Israel es un Estado
teocrático por su forma de vivir y por su forma de matar. El resto del
mundo le admira precisamente por eso. Y cuando volvemos la mirada hacia
el espectáculo, como la mujer de Lot, nos convertimos en mudas columnas
de sal.
El aire es puro; el cielo es inimputable. El piloto
israelí del F-16 no llega a despeinarse; elegante, sofisticado,
puntilloso en el cumplimiento de su misión, desinfectado de todos los
bajos instintos que podrían empañar su mirada, brillante, irónico,
serio, justo, imita a Dios y a El Bosco y vuelve luego a tiempo a Tel
Aviv para probar la comida de un nuevo restaurante indonesio y discutir
con su novia los detalles del nuevo mobiliario adquirido en Ikea.
¿Y abajo? ¿Qué ocurre entre tanto abajo? ¿Cómo es la gente de abajo?
Aquí los vemos. Son terrestres, primitivos,
emocionales, gritones, amenazadores, oscuros, pastosos, supersticiosos,
gregarios, andrajosos, feos, pedestres, horizontales, vulnerables,
prescindibles: humanos. El artículo de El Mundo que ilustraba esta
fotografía añadía que son también “exhibicionistas”: al contrario que
los dueños del aire, que preferimos enterrar a nuestros muertos en la
intimidad, a los palestinos de Gaza les divierte mostrar los cadáveres
de sus niños y proclamar obscenamente su dolor. Al fino antropólogo del
periódico español se le olvidaba citar otras diferencias igualmente
definitivas: mientras que a los dueños del aire nos gusta morir de
viejos en un hospital o en la intimidad de nuestras casas, a los
palestinos de Gaza les encanta morir en la calle, en público,
reventados sin ningún pudor por una bomba bíblica lanzada desde el
cielo; y mientras que a los dueños del aire nos gusta matar sin
despeinarnos ni alterarnos -para volver a tiempo de cenar en Tel-Aviv
sin tener que pasar antes por la peluquería- a los palestinos de Gaza
les gusta matar matándose -pues la rabia y el odio no les permitiría
hacerlo de otra forma. Si la “desproporción” israelí se justifica a sí
misma, las proporciones humanas de los palestinos se eliminan también a
sí mismas. Basta la fotografía del bombardeo israelí para convencernos
de la justicia sionista; y basta la fotografía del entierro palestino
para convencernos de la culpabilidad palestina.
La diferencia entre israelíes y palestinos se resume en
estas dos imágenes, en este contraste que los medios de comunicación,
interesadamente o no, alimentan sin descanso: la superioridad estética
y teológica de los unos, basada exclusivamente en su armamento, y la
inferioridad “natural” de los otros, reducidos de antemano -desde
siempre- a pura yesca del fuego de Yahvé, a mero combustible de la Luz
Divina. Ningún razonamiento, ninguna súplica, podrán anular esta
diferencia; tampoco ningún cohete Qassam. Sólo hay dos maneras de
corregir este contraste asentado ya en nuestras retinas y sintetizado
mansamente en nuestras miradas: o armamos a los palestinos con misiles,
bombas de racimo y fósforo blanco o desarmamos a los israelíes y
disolvemos el Estado de Israel. Mientras no ocurra una de estas cosas,
de nada sirve que la justicia humana esté de parte de los palestinos en
un mundo que babea fascinado -los EEUU, la UE, los gobiernos árabes, la
ONU, los medios de comunicación- ante los cuadros de El Bosco que pinta
la aviación israelí y la bíblica belleza justiciera que los acompaña.
Mientras la justicia humana no nos parezca más justa y más bella que un
bombardeo israelí, los palestinos -hagan lo que hagan- sólo conseguirán
ensanchar la diferencia y dar pretextos a Yahvé para que los mate desde
su remota elegancia imperturbable. No les deis pretextos, no, por
favor: no lancéis cohetes, no disparéis fusiles, no saquéis los
cuchillos, no defendáis vuestras casas, no protejáis vuestros niños, no
gritéis, no lloréis, no comáis, no respiréis. Pero si no hay justicia
humana y los palestinos son culpables ante Dios de respirar (¡cuánto
más de sangrar!), si hagan lo que hagan han sido ya condenados para
siempre, sería vergonzoso condenarlos también -hagan lo que hagan-
desde nuestras confortables avionetas morales. Hay ocasiones en que más
inmoral que asesinar es precisamente moralizar.
Pero ahora la diferencia se ha reducido un poco. A
cubierto de los F-16 en mi casa bien caldeada, estremecido y
avergonzado, siento la satisfacción de que los israelíes hayan
renunciado a su impunidad divina y hayan entrado en Gaza también por
tierra. Todavía inconmesurablemente superiores, se mueven en todo caso
a ras de suelo y se vuelven por ello un poco palestinos, un poco
humanos, un poco vulnerables; quizás esté incluso justificado matarlos.
Quizás incluso mueran unos pocos. Quizás -ojalá-, en vez de miedo o
admiración, algunos lleguen a inspirarnos también piedad.
Lo “desproporcionado” se llama Dios; lo “proporcionado”
se llama justicia humana. Lo “proporcionado divino” es la belleza; lo
“desproporcionado humano” es la compasión. Tal vez en los próximos días
veamos por fin la imagen de un tanque israelí destruido por los
heroicos defensores de Gaza y nos dejemos llevar luego, tras la
alegría, por la desproporción de la compasión -inesperada,
incomprensible, irracional- frente al cuerpo de un soldado israelí
prisionero o muerto. En ausencia de proporciones, en ausencia de
justicia, asesinos ahora expuestos al débil, feo y valiente fuego
defensivo, quizás los sionistas, muertos, prisioneros o heridos,
posados dolorosamente en tierra, nos parezcan por fin -por primera vez-
humanos.
"Qué bello es matar, qué justo es morir", Santiago Alba Rico en Rebelión