A los compañeros y compañeras de AULABIERTA:
Me habéis invitado a escribir sobre mi/nuestra experiencia en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona, por los puntos en común que podíamos encontrar entre nosotros y por lo que podíamos aprender de las formas de acción que habíamos intentado en nuestros respectivos contextos universitarios. Muchas cosas, tanto personales como laborales, se han interpuesto entre yo y el teclado desde que crucé los primeros correos electrónicos con vosotros, pero éste no ha sido mi mayor problema a la hora de enfocar el texto. Me era mucho más difícil encontrar el lugar y el tono desde el que escribiros, y descubrir cómo narrar la parte de la historia que yo puedo contar, de manera que no busque sólo coincidencias anecdóticas con la vuestra pero al mismo tiempo apunte aquellos aspectos que nos hicieron pensar que no librábamos una lucha tan diferente a pesar de los diversos lugares que ocupábamos.
Durante todo este tiempo en que no pude escribir todavía, me preguntaba qué hacía importante que acciones como AULABIERTA, o como nuestra experiencia de introducir varias asignaturas interdepartamentales sobre arte y feminismo en el plan de estudios de la Facultad de Bellas Artes en Barcelona, tuvieran lugar en nuestra universidad. ¿Por qué me resultaba evidente que, independientemente de su éxito o perduración en el tiempo, era fundamental que existieran y que se escribiera sobre ellas? Sería demasiado fácil decir que la universidad tal como la conocemos es una institución más tendente a la disciplinación que a la crítica, por medio no ya del adoctrinamiento ideológico puro y duro sino de la gestión tecnocrática y la fragmentación y burocratización de la experiencia de enseñanza-aprendizaje. Y sería especialmente contradictorio que lo dijera yo, que imparto docencia en ella y que he escogido seguir el itinerario trazado de la carrera académica. En esto la posición de quienes trabajamos en la institución universitaria pero todavía confiamos en su papel como lugar de formación integral de personas y espacio de debates abiertos es necesariamente incómoda. Si bien no ignoro la pertinencia de los análisis realizados por Bourdieu o Willis sobre las instituciones educativas como reproductoras de la dominación y del privilegio de unas clases sobre otras, soy consciente de que la masificación de las aulas universitarias, que me llevó a mí y a tantos otros hijos del baby boom a una formación superior imposible veinte o treinta años atrás, nos permitió acceder a un capital escolar, pero también social y cultural, privilegiado. Desde esta posición paradójica de quien participa de aquello que cuestiona, puedo no obstante establecer complicidades y alianzas con otras personas y grupos, dentro y fuera de la universidad, que trabajan de maneras muy diferentes para no dejarse pacificar del todo dentro de los canales previstos y para reapropiarse el sentido de su labor. Y tener aliados dentro es útil, como bien sabéis.
Si un proyecto como AULABIERTA es importante, si es necesario que se escriba sobre cosas así, es porque han encontrado la manera de moverse en las fisuras y recodos de la institución, no dejándola por imposible sino, de manera más inteligente, apropiándose (legítimamente, además) de sus recursos para tomar esa parte del poder que resitúa de nuevo en el terreno de la política en sentido pleno a algunos agentes de la vida académica, normalmente reducidos a una mera cuota de presencia en los órganos de gobierno. En vuestro caso me refiero evidentemente al alumnado, ese colectivo al que se desea ambicioso en su carrera académica, moderadamente activo en las clases y absolutamente pasivo en las decisiones institucionales. Iniciativas como la de AULABIERTA son la prueba de que el alumnado no es (o al menos puede dejar de ser) alguien a quien debemos educar o activar o concienciar —o cualquier otra acción que lo convierta en objeto (directo, pero objeto)— sino un interlocutor. Digo interlocutor y no «igual» porque no hay nada más autoritario que simular la desaparición de las diferencias que la estructura académica establece entre los diferentes agentes. Precisamente por no ser iguales podemos ser interlocutores. Pero, a pesar de las diferencias, resulta interesante comprobar cómo algunos sectores del profesorado también nos encontramos en una posición minorizada, obligadas a mimetizarnos con el régimen de autoridad existente (y, por tanto, a ejercerlo) o a someternos a él. Es esta posición de identificación parcial la que creo que produce el ángulo de experiencia que nos permite aprender de las idas y venidas entre vuestro caso y el nuestro. Y por eso pienso que los círculos excéntricos que con toda seguridad compondrán los textos recogidos en la publicación que estáis preparando abrirán una vía de posibilidad para la proliferación de este aprendizaje compartido.
Para ir entrando en materia, tal vez sería importante que os cuente algo acerca de cómo se inició y desarrolló nuestro proyecto. Pero también quiero que tengáis presente que ésta será sólo una versión de las muchas posibles sobre el proceso. La cosa empezó cuando una compañera del personal de administración y servicios de la Facultad nos propuso presentar algún proyecto a la convocatoria de ayudas de l’Institut Català de les Dones (ICD) de la Generalitat de Catalunya en la modalidad de Universidades para el curso 2005-2006. Este «nos propuso» constituye ya una primera complejidad del relato que quería compartir con vosotros: quiénes éramos y cómo acabamos por ser las que fuimos. Por lo que a mí respecta, me enteré porque en los encuentros en los pasillos y en las horas de trabajo compartido en el despacho había corrido la voz entre nostras de la posibilidad de presentar un proyecto al ICD con el fin de proponer cuatro asignaturas de libre elección sobre arte y feminismo. Al parecer una compañera había visto la convocatoria, otra había tanteado las posibilidades institucionales, otras habían puesto en común para la redacción del proyecto la tarea que ya venían haciendo en las asignaturas regulares… Descubría sorprendida que, al parecer, en la Facultad éramos muchas más que las que ya nos habíamos visibilizado como colectivo en los sucesivos ochos de marzo. Este hecho parecía abrir expectativas para la aparición de complicidades, para el establecimiento de nuevas relaciones que trascendieran las casillas asignadas a asignaturas y Departamentos. Así llegamos a sumar casi una veintena, entre profesoras titulares, profesoras contratadas en mayor o menor precariedad, becarias, la mencionada miembro del personal de administración y servicios, e incluso alguna compañera que ya no tenía ninguna relación contractual con la universidad.
La naturaleza de la difusión hizo que no todo el profesorado estuviese formalmente informado de la propuesta desde el principio, pero tampoco todas las que conocían la iniciativa se implicaron. En esta confluencia casi orgánica, sin origen ni principio —porque ya había empezado muchas veces antes—, y en la condensación de un grupo a la manera de una nube gaseosa, y no por cadena de mando, radicaba en parte el sentido político de la intervención. No sé si en vuestro caso es tan acentuado, pero en nuestra Facultad las barreras departamentales constituyen un obstáculo casi insalvable, y la burocratización en la definición de las asignaturas y su docencia es también una forma de regulación normalizada. Por estos motivos era importante dislocar o, mejor dicho, discurrir al margen de dichos canales previstos, de manera que se juntasen en dispersión agentes que deberían haberse relacionado mediante los conductos administrativos previstos.
Acabo de decir que las asignaturas versaban sobre feminismo y perspectivas de género. Este es el segundo eje problemático que quería compartir con vosotros. Todo un clásico en el debate feminista se materializó entre nosotras cuando, una vez otorgada la ayuda del ICD, se reunió el grupo de profesoras al completo para trabajar en la concreción de los contenidos y los nombres de las asignaturas. Personalmente me senté a la mesa sin la menor duda de que el feminismo, en cualquiera de sus variantes, formaba parte del proyecto, aunque la noción de género me ofreciese por momentos mayor flexibilidad. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa estábamos haciendo al proponer tales asignaturas y con semejante organización como grupo en la universidad sino política feminista? Pero para mi sorpresa descubrí que un buen número de las presentes no consideraba importante el nombre que se le pusiera a las asignaturas, y que otras tantas encontraban el término feminismo agresivo y excluyente. Este hecho evidenció para mí un desencuentro mucho más importante que lo que la comedida discusión que mantuvimos en la mesa podía dar a entender. Significaba no compartir una comprensión del sentido histórico del feminismo, no entender que las experiencias y las luchas de las mujeres han sido la base de formas de pensamiento y de acción feministas importantes tanto para mujeres como para hombres. Y apuntaba a un dilema: si no comprendíamos el valor del feminismo como parte de la historia de las luchas que, para empezar, nos habían permitido estar a todas nosotras en la universidad, y como una perspectiva teórica clave en el pensamiento contemporáneo, entonces nos veíamos abocadas a pensar en el proyecto como algo espantosamente cerrado que solamente agrupase a mujeres, feministas o no, o algo espantosamente indistinto que agrupase a cualquiera, feminista o no.
Es más, el sentido político de las asignaturas radicaba también en el hecho de que apostásemos por una enunciación incómoda dentro del nomenclátor de Bellas Artes. Nos encontrábamos frente a un caso en el que convenía aplicar el esencialismo estratégico que propone Spivak. Es decir, en un contexto en el que el término feminismo no había aparecido nunca en ningún título de asignatura y todavía ponía nerviosa a tanta gente, a lo mejor ya era hora de que empezara a reconocerse explícitamente, aunque algunas pudiéramos en algún momento cuestionar también sus esencialismos. El título resultante de la discusión fue el muy ecléctico de «Arte, mujeres, feminismo y perspectivas de género». No obstante, el documento oficial que se remitió al ICD llevó por título «24 créditos de libre elección en el currículum de la enseñanza de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona sobre la perspectiva de género», ya que haber puesto el anterior hubiese resultado demasiado largo. Ciertamente el título no era conciso, pero a algunas el cambio no nos pareció una decisión neutra sino que tenía también un sentido político: el feminismo y las mujeres se habían perdido por el camino.
Os he explicado tal vez con excesivo detalle estas cuestiones, si queréis más preliminares que otra cosa, porque creo que es importante que conozcáis las vicisitudes que nos llevaron a cierto grupo de personas a realizar un proyecto definido de determinada manera; porque es importante no naturalizar estos procesos pasando por alto su explicación o suponiendo que son producto de un curso de acontecimientos fortuito. Por el contrario, insisto, en esas primeras negociaciones, y en las personas que fueron o se sintieron convocadas, se percibían ya lo que serían buena parte de los conflictos, y por consiguiente de los aprendizajes, que supondría el proyecto. Pero ahora quisiera pasar a las dimensiones más institucionales y organizativas del proceso, en las que creo que es posible que encontréis más puntos de debate compartidos.
La primera de ellas tiene que ver con que, como habréis visto, una concordancia evidente entre nuestras experiencias es la de haber optado por la convocatoria de asignaturas de libre elección, en lugar de por acciones más al margen de la estructura académica. Por lo tanto también habréis experimentado lo que supone el conducto reglamentario que permite su aprobación. Entiendo el sentido que ha tenido para vuestro proyecto el reconocimiento de créditos no como objetivo en sí sino como forma de colar caballos de Troya en la estructura académica. En nuestro caso, en cambio, esta opción se convirtió en un arma de doble filo que nos dio visibilidad y cierto reconocimiento pero a la vez nos alienó de nuestro propio proyecto. Para entender el proceso que nos llevó hasta esta situación hay que tener en cuenta que la ayuda del ICD no se nos concedía directamente a nosotras como grupo sino a la Facultad. Esto significaba que la interlocución y negociación pasaba a otras manos por lo que a la estructura administrativa respectaba. Constituirnos como asociación, como habéis hecho vosotros, hubiese sido una forma de resolver este problema, pero en aquel momento no previmos la envergadura que iba a adquirir.
Por otro lado, en tanto que asignaturas de libre elección, debían ser aprobadas por los diferentes Departamentos y, posteriormente, por el Consejo de Estudios, en el que muy pocas de nosotras estábamos representadas. De esto se siguieron muchas situaciones paradójicas o absurdas, como por ejemplo cuando, por el descuadre de los calendarios de los ejercicios económicos de la Generalitat y la Universidad, el administrador de centro (una figura interesante en la nueva ordenación administrativa de la Universidad, que desde la supuesta neutralidad de la «mera» gestión se instituye como gerente tecnocrático de la vida académica) empezó por advertirnos que posiblemente no podríamos aceptar la ayuda económica otorgada. Os podéis imaginar el estupor que cundió entre nosotras: o sea que la estructura administrativa que debía posibilitarnos desarrollar un proyecto premiado (y que, dicho sea de paso, produce réditos simbólicos en forma de currículo para la Universidad) se convertía en un obstáculo tan absoluto como si se tratase de una fuerza de la naturaleza. Al final el problema se resolvió de alguna forma tan absurda como se había planteado y que ya no recuerdo, pero aquello fue sólo el principio.
Algunas de nosotras veían estas cuestiones como algo menos problemático que otras. Las posiciones variaban desde las que reconocían el orden burocrático y se ajustaban a él, pasando por las que creíamos que había que negociar con él para que nos dejasen en paz y hacer luego lo que nos diese la gana, hasta las que eran partidarias de prescindir de él para crear nuestro propio orden independientemente de la institución. Resulta problemático hablar de esto porque, igual que cuando os describía los debates acerca del feminismo, no dejo de ser consciente de que por el mero hecho de narrarlo ya me coloco en la posición de quien tiene razón. Pero también os dije al empezar que la mía es sólo una de las posibles historias sobre esta experiencia, así que sólo puedo contaros qué posiciones había y cuál fue la mía. El resto tendréis que reconstruirlo cuestionando esta narración o preguntado a otras. En cualquier caso, desde mi punto de vista debíamos enfocar el proyecto como una obra de equilibrismo institucional: estando como estábamos dentro del marco administrativo de la academia no podíamos fantasear con hacer sólo lo que nos dictaba el «deseo», pero tampoco podíamos permitir que neutralizaran nuestro proyecto a golpe de requisito administrativo.
Esta diversidad de posiciones, tanto por lo que respecta al feminismo como a la relación con la institución, hace que nos debamos replantear las oposiciones convencionales que se suelen establecer por inercia a la hora de comprender este tipo de procesos a contrapelo de las estructuras. No se trataba de un caso de oposición entre una institución conservadora y disciplinaria por un lado y un conjunto de docentes (y alumnas) resistentes y opositivas por otro, sino que se producían una diversidad de posiciones relativas dentro de un grupo que supuestamente promovía un proyecto único. Es decir que, a pesar de tratarse de un grupo de docentes, todas ellas mujeres y que se había reunido bajo una misma propuesta, las diferencias políticas entre nosotras eran fundamentales hasta el punto de provocar inflexiones en el proceso que amenazaban con su ruptura. De este modo aprendí algo que ya sabía sobre el papel: que nada nos une por el hecho de ser mujeres o, mejor dicho, que haber pensado por un momento que en tanto mujeres debía unirnos una cierta experiencia, una cierta comprensión de la situación y una visión de futuro significaba caer en un esencialismo bienintencionado, pero no por ello menos marcado por el prejuicio sobre la existencia de posiciones políticamente seguras. Con el tiempo he acabado por considerar estas microfisuras como el lugar donde se filtra la política de los procesos colectivos y donde tienen su origen parte de los fenómenos visibles en la superficie institucional, en un proceso parecido a los movimientos sísmicos. Me gustaría poder comprender mejor la articulación entre estos diversos planos —entendiendo que no es causal ni acumulativa— y por eso siempre son de agradecer ocasiones como ésta, en la que se me invita a reflexionar sobre ello. No sé si vosotros os habéis encontrado con situaciones semejantes y cómo os habéis enfrentado a ellas. En fin, ya me contaréis.
Volviendo a lo que os decía de la posición dentro de la estructura académica, nuestra debilidad se debió también a otros motivos. Uno de ellos es el que ya he comentado de la escasez de nuestra representación en los órganos de gobierno. Pero el otro tiene que ver muy claramente con el contenido y sentido explícito del proyecto. No sabéis la suerte que habéis tenido al no tener que cargar con una etiqueta tan problemática como el feminismo (o el género, o las mujeres, que para el caso son igual de despreciados en el contexto todavía tan patriarcal de nuestra academia). Nuestra máxima victoria en esta situación se producía cuando pasábamos desapercibidas y podíamos reducirlo todo, paradójicamente, a una cuestión administrativa. Y así acabamos recibiendo directrices del Consejo de Estudios, del Jefe de Estudios, de los Departamentos, del Administrador de Centro, etc. acerca de lo que podíamos hacer o no con el que habíamos supuesto, ingenuamente, que era nuestro proyecto. Por suerte nos quedaba el espacio no intervenido (al menos directamente) de la relación en el aula. Aunque en esta ocasión no puedo entrar con detalle a elaborar lo que supuso la relación con las alumnas, me gustaría al menos señalar que ése fue otro campo de diferenciación de posiciones, de momentos de encuentro y de verdaderas disputas que también constituyeron motivo de reflexión para nosotras acerca del sentido de esas asignaturas en el marco de disciplinación del sujeto que supone toda enseñanza y de las regulaciones institucionales de la facultad. Si os interesa el tema, podemos tratarlo en nuestra próxima conversación.
A medida que avanzábamos hacia el final del primer año y se empezaba a prever el segundo, las diferencias empezaron a acentuarse; diferencias relativas tanto a nuestros procesos internos como grupo como a las elecciones que tomábamos en relación con el desarrollo futuro del proyecto. Tampoco el balance de la experiencia del primer año coincidía. A lo largo de los meses se había demostrado que las mujeres que habíamos acabado componiendo aquel heterogéneo grupo no compartíamos ni posición laboral en la academia, ni idea del feminismo, ni de la educación, ni del arte, ni de prácticamente nada sobre lo que construir algo si no común, por lo menos articulado. Para entendernos, el problema no eran las diferencias en sí —muchas de las profesoras que compartíamos aula nos identificábamos en posiciones diferentes, pero no por ello se frustraba la relación sino que se volvía más compleja e incluso más rica cara a las alumnas— sino el hecho de que no fueran reconocidas y de que todo debate acerca de las mismas se obstruyera una y otra vez en aras de la funcionalidad y los plazos.
Y precisamente para funcionalizar el proceso tomamos la decisión de organizarnos para el segundo año en comisiones de trabajo y constituir una dirección nominal del proyecto a cargo de dos personas con el fin de mitigar el liderazgo único del primer año. Una de las labores a emprender sería la de realizar un archivo de todos los materiales y documentos producidos hasta el momento (obras y trabajos de las alumnas, documentos del proceso, memorias de las actividades, síntesis y valoración de conferencias y jornadas, etc.). Y de paso iniciar una línea de reflexión acerca de las políticas de archivo feministas mediante unas jornadas específicas. Recuerdo que en uno de sus correos electrónicos Antonio aventuraba que la construcción del archivo debió de ser un proceso conflictivo o al menos objeto de debate. Y en circunstancias normales, ahí es precisamente donde debía haber estado el debate, ¿no? Pues no. Buena parte del segundo curso lo pasamos redefiniendo el proyecto, es decir, la comisión correspondiente lo hizo. Y al menos el proyecto circuló entre nosotras antes de ser enviado para su aprobación a los correspondientes Consejos, Departamentos, Directores, etc. y finalmente al ICD. En la comisión de las jornadas nos dedicábamos a discutir por qué Perejaume no era el más indicado para hablar de políticas feministas de archivo por mucho que hubiese realizado un proyecto sobre el archivo de Coromines, y que nuestro cuestionamiento no era porque se tratase de un hombre biológicamente hablando. Y la comisión de archivo diseñaba una ficha y una estructura para la base de datos que nunca se utilizó.
Hasta aquí, al margen de las contradicciones internas de los debates, parecería una organización razonable tratándose de un grupo de trabajo relativamente grande. Pero era importante decidir cómo se ponían en común los diferentes procesos paralelos de las comisiones. Hasta el momento, y a falta de una decisión explícita al respecto, cualquiera había podido proponer una reunión. Otra cosa es que la gente asistiera. Mientras que algunas pensábamos que estábamos en un grupo relativamente horizontal (trabajando en comisiones en red, pero con igualdad de voz para todas), otras consideraban que existía una forma de representación delegada, por la cual sólo las responsables del proyecto podían convocar una reunión y sólo las representantes de las comisiones debían asistir. Con lo cual resultaba que medio grupo se reunía de manera habitual y el otro medio debía de comunicarse de otro modo que desconocíamos pero en cualquier caso no con nosotras. La expresión más clara del punto de fractura al que estábamos llegando se produjo cuando, a dos semanas de iniciar las clases del segundo año, y careciendo de información por parte de las responsables nominales del proyecto acerca del dinero disponible, las aulas, la distribución horaria, etc., una compañera (que gozaba de las simpatías de la mayoría, debo añadir) envió un amistoso correo proponiendo vernos para poner en común lo hecho hasta el momento. La respuesta fue un mensaje colectivo en el que la mitad del grupo al que no veíamos nunca nos informaba que no se consideraban convocadas a una reunión que no hubiese sido prevista por las directoras (sic). Y que dejásemos de sobrecargar sus buzones electrónicos de una vez.
Esto es política. Y el feminismo trata también de esta política, entre otras. Por eso me he detenido en la cuestión de la organización del colectivo. Para nosotras, si el proyecto de las asignaturas de feminismo no suponía a la vez transformar o al menos subvertir localmente, temporalmente, intersticialmente, las estructuras jerárquicas, carecía de sentido. Aun os diré más, al margen de que todas suscribiéramos o no la denominación de feminismo, creo que lo verdaderamente importante hubiese sido compartir al menos esta voluntad de relacionarnos de otros modos y de negarnos a reproducir las inercias institucionales. Porque el feminismo no es un contenido a impartir, unas mujeres artistas que añadir al temario, una reclamación de mayor presencia femenina en los órganos de gobierno establecidos. Es precisamente la subversión de todo ello. Como decía Griselda Pollock sobre la historia del arte, el feminismo no consiste en buscar «genios» mujeres en el pasado o el presente, sino en desestabilizar desde los cimientos la ideología y las estructuras que han fundamentado una historia patriarcal del arte.
En este clima, mi experiencia del segundo año fue de supervivencia. Reduje las constantes vitales al mínimo para poder pasar por las sesiones con las alumnas de la manera más sensata posible, compartiendo debates con las compañeras que también apostaban por implicarse. Pero esperaba en mi fuero interno que no hubiese una tercera edición. La situación se enrarecía más por la falta de alumnado en las asignaturas. Una imprevisión o mala planificación de la difusión hizo que nadie se enterase de la convocatoria y además, al tratarse del segundo cuatrimestre, para poder inscribirse las alumnas tenían que hacer una modificación de matrícula, gestión que tiene un coste económico en secretaría. Por si fuera poco, el administrador de centro mantenía por aquel entonces una cruzada personal contra la suciedad de las paredes, que incluía también toda la información relativa a la vida académica. Así que nada de carteles informativos bajo amenaza de destrucción de los mismos (ah, esos preciosos plotters diseñados con amor por las ex alumnas…). Os ahorro detalles. Sí debo decir que al menos parte de los fondos de las asignaturas se destinaron a pagar conferencias invitadas de artistas interesantes (Ursula Biemann, Laurence Rassel, Elena del Rivero, Vida Yovanovich, Eulàlia Valldossera…) que de otro modo no hubiese sido posible tener con nosotras. Eso que nos queda.
Parecía claro que el proyecto se encaminaba a un cierre. Parte de lo que pasó en las últimas semanas no acabé de entenderlo muy bien ya que las decisiones se tomaban en muchos lugares a la vez y obedecían a múltiples razones. Parte del grupo no teníamos claro que hubiese que contener el feminismo en asignaturas como otras cualesquiera. Si bien por un lado era algo que las alumnas (y algunos alumnos) nos habían dicho que hacía falta, también era una manera de reducir y encapsular algo que nosotras considerábamos que debía provocar un cambio profundo de la cultura universitaria. Pero otra parte del grupo apostó, por el contrario, por consolidar una única asignatura perteneciente a su Departamento. Esta decisión unilateral y no negociada con el resto de nosotras provocó mucho descontento porque se interpretó como una maniobra que dejaba de lado al grupo en su conjunto para consolidar la posición de sólo unas cuantas en la estructura académica. Y también suponía una apuesta por la escalada en esa estructura en lugar de por su transformación. Me cuento entre las descontentas. Sin embargo, aun a riesgo de ponerme en el lugar de otras, creo que también es necesario comprender que se trataba de un grupo de docentes muy poco reconocidas e incluso acosadas en su Departamento, y que seguramente buscaban hacerse así una habitación propia. Desafortunadamente han optado por no contar con la ayuda de todo el colectivo para ello.
Recuerdo que también me preguntabais por las condiciones de sostenibilidad del proyecto. Por lo dicho hasta ahora, habréis visto que no se dan muchas. La interlocución institucional que soslayaba y superaba al propio grupo impulsor del proyecto, la pésima difusión, la indiferencia fluctuante de la Facultad, la opacidad de la gestión interna, la jerarquización de las relaciones, la resistencia a elaborar el conflicto de manera colectiva, la ausencia de un objetivo compartido… Estos y otros factores han marcado el fracaso visible de la propuesta. Pero no creo que actualmente nos encontremos en un mapa de fuerzas en el que se pueda hablar de éxitos y de fracasos en sentido absoluto. Es más, yo creo que podemos hablar de la victoria latente y sostenida de los proyectos aparentemente fracasados. Ni que sea como experiencia que otros pueden conocer y compartir, como sucede en este caso con AULABIERTA. Pero incluso en el propio contexto y para nosotras mismas ha tenido un valor y un sentido de futuro. Por ejemplo, por más que se trate de una estrategia que cuestionamos, la consolidación de una asignatura puede entenderse como una cierta forma de sostenibilidad. En cuanto al resto de nosotras, podríamos decir que estamos en barbecho, o en el estado de un tubérculo en invierno, reuniendo fuerzas e ideas para planear como podríamos continuar el trabajo por transformar nuestro entorno de vida y trabajo. Es algo que siempre hemos hecho y seguimos haciendo en nuestras asignaturas habituales, basándonos en esa idea de que el feminismo no es un contenido aislable; pero aun está por ver cuándo podremos reunir las energías de todas para imaginar nuevas formas líquidas de ocupación y oxidación de los engranajes. A la vista de la experiencia y dadas las circunstancias, preferimos ser el escape que convertirnos en las cañerías.
En fin, demasiadas cosas son ya para una sola carta. Espero que algunas de las cuestiones planteadas os resulten significativas de algún modo. Pienso que aunque las historias no tengan un final feliz siempre se puede aprender de ellas. A veces incluso más. Me gustará saber en que andáis últimamente y cómo se presenta este año. Hace ya muchas semanas que no hablamos. Contad conmigo para lo que haga falta. Os envío un abrazo y os deseo todo el ingenio táctico posible. ¡Hasta pronto!
Aida
Barcelona, 4 de enero de 2008
Aida Sánchez de Serdio
Profesora de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Coordinadora del máster en Estudios y Proyectos de Cultura Visual. Ámbitos de interés: política cultural y prácticas artísticas colaborativas.
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